Alguien en la pantalla habla sobre el amor. "¿Quién no se ha enamorado alguna vez?", pregunta. Es una pregunta retórica, pero a pesar de eso, en mi cabeza me respondo "n a d i e ". E inevitablemente, con el rabillo del ojo, miro a todos los que ,como yo, tienen en los ojos ese jugo que solo nos regala el amor (esoparecidoalamelancolíayalapasiónqueluegoresultaserunpocodelasdoscosas).
Y me paro en él. En ÉL.
Conscientemente, le imagino, sabiendo que puedo girar el cuello y que está justo ahí. Ahí, junto a mí silla, a dos pasos, entre mi pie y la pata negra y sucia de la silla. Y sonrío. No le conozco pero intuyo sus sensaciones, puedo oler sus emociones y veo imágenes de su vida. Sus ojos lo dicen. Su rostro, sus manos, la manera de sentarse, su ropa, esa manera que tiene de morderse el labio, la forma de mirar la pantalla con la cabeza un poco hacia abajo... Percibo su energía. La siento palpable en mí. Me llega porque va en todas direcciones buscando algo a donde aferrarse. Se siente solo, lo sé, aún sin que me lo haya dicho. Lo siento....
Y hablamos. Después del vídeo todo el mundo habla. Conversa, pregunta. Y él nos mira, preguntándose qué vídeo ha visto él y cuál nosotros. ¿Es el mismo?, creo que se pregunta... Y no sé da cuenta o sí (porque deseo sea inteligente y se de cuenta de ciertas cosas...), de que la realidad no es la que nos pintan nuestros ojos. De que nada es como parece... Y entonces me doy cuenta del bucle que acabo de crear en mi cabeza. De todo aquello que he sentido de él aún sin sentir, y me doy cuenta de que deseo hablar concienzudamente con él y preguntarle cientos de preguntas sin que suenen a broma... Y me río. Mi carcajada catatónica parece precisamente un monton de risas hacia todas direcciones y una... una le llega, le atraviesa los ojos, me mira, sonrie, se queda pensando y entonces... se rie. Se rie, a carcajadas limpias. A carcajadas que parece hacerle crujir la ropa y desnudarse el alma. Y lo veo; por un instante lo veo, tumbado, en la playa, con su camisa de rayas y aquella misma sensación en la mirada, junto a mí. Y me rio más, porque, ¿cómo puede ser que en los últimos tiempos, haya sentido eso con dos personas en mi vida? Y qué bueno es imaginarse las ilusiones al ladito de la vida... Minutos después casi nos despedimos. Me encargo de cerrar el local, camino para abajo y mientras, los tres (y ojo que digo los tres por no decir ninguno...), hablabamos sobre tantas cosas (sobre nada, quise decir), me preguntaba cuál sería el momento oportuno, de aquí a casa, a preguntarle ( a pesar de que él viva mucho más del otro lado de la ciudad y ni siquiera vayamos juntos en la trayectoria de vuelta a casa, pues las casas están casi opuestas...) sobre su vida y hacerle entender que, de alguna forma, le conozco, aunque no sepa de dónde, ni de cuándo; aunque no exista un por qué.
En momentos sucesivos no sé qué pasa que la luna llena menguando hace de las suyas, y hace que todas las energías, como anoche, se concentren. Y se concentran en nuestras miradas que por un instante, se han olvidado que estamos en una ciudad que arde; una ciudad que venera a un cristo crucificado en calles que, en ese instante, desconocía que existiera tanto espacio como para respirar tantos pulmones juntos... Es entonces cuando comprendo que por alguna razón, su paso a mi vida (lo que significa mi paso a su vida) ha formado una brecha y una huella marcada ya, por alguna razón del destino. Ahora, me digo, lo entiendo todo.
Y acabamos, camino del faro, buscando la luna hablando de mil cosas (y esta vez, son más que infinitas). Y me cuenta que se siente solo, aún sin contármelo, pues sé que mantego dos conversaciones al mismo tiempo, y de ello sé que se da cuenta... aún sin saberlo, porque me mira como no entiendo nada o entendiendo demasiado.
Y de vuelta a casa, me pregunto, cuántas personas llegan a mi vida en este instante en el que necesito tantísimo aire... E inevitablemente me acuerdo de ti, y de estos 14 días que llevo sin verte, ni olerte, ni tocarte. Y me siento triste, no voy a negárselo a nadie y menos a tí que lo sabes, eres consciente, como siempre, de que me tienes en tus manos. Pero me siento un poquito menos triste, más en calma. No sé, che, será la luna... Será que me bendice y en días como hoy, su segundo día llena, aunque ya menguando, me hace ver el cielo y darme cuenta, que no solo existe un faro allá arribita, que hay cientos. Y por supuesto, que tú no eres ni el primero....

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