Ayer fue un día de risas. Fuimos el circo que llevaba a las calles la alegría y la esperanza de que otra realidad es posible. Entre zancos, diávolos, malabares, narices de payaso y payasadas, así como confeti, música, batukada-timbalada y caras pintadas, hicimos que la lluvia no parecía algo feo y nostálgico, que nos hace quedarnos en casa recordando mejores tiempos. Hicimos que algo grande se formara alrededor nuestra y brillaramos de forma única. Entre nosotros se creo algo especial, algo que hasta ahora ni los cafés, ni lo poco que conocíamos del otro nos condujo a eso. Fue la magia del arte*, fue el arte que llevabamos a las calles, que estaba encabezado por un montón de niños que corrían cuesta arriba o abajo según su espontaneidad lo requería. Que hermoso fue el día de ayer. Tantos niños, como rayos de un sol que, en el cielo, brilló por su ausencia. Tantas risas por cada sonrisa que nuestros ojos recibían. Y luego vinieron nuestros juegos, donde ya no estaban más niños que los que cada uno lleva dentro, y así si que estábamos felices, porque era una fusión de alduto-niño que rompían el protocolo de los adultos y sobrepasaban los límites de niño. Y allí estaban los cafés, la sopa de picadillo, el pan con manteca, la marihuana, tripi el perro, el megáfono, la peña, el cordobés cantando, las palmas en las mesas y los tacones. La inspiración de aquellos que tienen la facilidad para quererse aún sin conocerse. Las mentes blancas, perversas, para mover el mundo y joderlo todo para crear*.
Y en la noche, una carretera llena de lluvia y un coche repleto de palabras que emanaban de algo desconocido hasta ahora...
Gracias.

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