Tenía las mismas ganas de siempre. Comía con esa particularidad suya, despacio, haciendo cuidadosamente círculos con la comida y luego un suspiro al aire antes de llevarse la comida a la boca. Sorbía, de vez en cuando, como si fuera sopa, un pequeño vaso de agua, depositado con esmero, a la justa distancia entre la fina bandeja y su mano derecha. Miraba, distraido, por el gran ventanal que daba a una extensa avenida llena de árboles, luz y terrazas atestadas de gente a todas horas. Miraba sin prisas, sin demasiada atención, absorto en algún acertijo de su cabeza numérica. De vez en cuando, usaba la servilleta con una elegancia distinta a las habidas por todos los otros clientes de aquel curioso restaurante, quizás con demasiado protocolo, pero era hermoso verle ahí, con sus labios rojos, sus manos tan pulcramente cuidadas, su pelo retrapado, sus pestañas ondulantes, y aquel trozo de papel, colgándole de los botones de su chaqueta de lyno, entre el bolsillo izquierdo y el bordado profesional de su nombre en letras negras, al otro.
Y cuando terminaba, cuando ya había recogido todas las migajas, había limpiado las partes de la mesa donde no estaba la bandeja y bebía el último sorbo del vaso, entonces... te miraba con aquellos ojos de leopardo asustado, y te hacia entrever que sus días eran infernosos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario