Las manos en las pestañas para dar calor al frío. Y una lámpara torcida a veintisiete centímetros de la mano izquierda, que camina presurosa por la mesa buscando todo aquello que se perdió. Hay calles cubiertas de charcos que llora mi melancolía; ésa que añora una vida que no existe. Que no existe porque no es posible construir tanto en tan poco espacio y los castillos tambien necesitan cimientos y cementos y es una locura pensar en barcos cuando solo hay piedras. Y entonces la lámpara se cae y se quema el brazo, y el calor inunda el cuerpo y entran ganas de llorar. Un tranvía se difumina a lo lejos con ese vapor que tienen las cosas que no se ven. Como aquellas marionetas cubiertas de sombras, o como las horas de insominio que son como espejos. Y a la memoria vienen cientos de imágenes de unas montañas que cubrieron el corazón con un halo irrompible... Y ahora un río y un puente, y esa mujer que tanto (me) miró. Qué pequeñita son las huellas de una cronopia en un mundo tan inmenso...
Esto es el fin de algo que termina justo al acabar éstas palabras... A d i o s*

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