Sus ojos.
Eran sus ojos y esa forma que tenía de mirar. Eran como llamas... Si, tenía unas llamas dentro, en el iris, o algo así, como verdes, pero un verde tremendamente esperanza. Un verde que te hacía pensar que eras la mujer con la mejor suerte del mundo y que, en cualquiera de las veces que te miraba, podrías entender la armonía del universo.
Si... Recuerdo que sentía escalofrío por las mañanas, cuando abría los ojos, y la encontraba mirándome. [He de decir, que por las mañanas siempre parecíamos siamesas, y que las sábanas acababan vete tu a saber dónde porque nuestras batallas eran infernalmente poderosas]. La encontraba mirándome, precisamente, en el instante en que yo quería mirarla. Y es que era eso, constantemente, una mirada, tras otra mirada y así podíamos pasarnos la vida entera, hablando con las ojos y sin decirnos nada. Después de un rato, agradeciendo en la cama, se ponía su camisa a rayas, me sonreía, y se iba a la cocina a prepararme un té y tostadas. Recuerdo, ay qué bueno es recordar, que cuando entraba en su cuarto de baño y encontraba mi cepillo de dientes al lado del suyo me reía por dentro. ¿Cómo podría hacerme sentir como en casa algo tan sencillo? Después de la ducha, me vestía, desayunaba y le contaba mis sueños, los que había tenido (si era así), esa misma noche. Me escucha paciente, y siempre acababa escribiéndolos, porque decía que deberíamos de tener una colección escrita de sueños pasados para ver si se cumplen... Mientras yo preparaba la compota de fruta que nos llevábamos, ambas, para el trabajo, ella se vestía. Se tapaba su curvilíneo cuerpo con ropas baratas, que le hacía ser más hermosa. Llenas de colores, tomabamos el metro y cada una acababa en una estación. Yo me quedaba tres más pasada su parada. Quiero decir que ella bajaba antes, y hacía corazones y formas de estrella con sus manos cuando el tren se iba... Y yo me ponía triste, o menos contenta, porque detestaba pasar medio día sin ella. Por eso le llamaba en mi hora de comer, desde el taller, preguntándole cualquier chorrada de casa... como excusa de mi impaciencia y preocupación. Pero me conocía bien, porque es una de las personas que más me conocen, y se reía de mi e iba a buscarme, cuando menos lo esperaba, a la salida... Y es que ha sido la única persona que me ha esperado a la salida. Tan sonriente, tan hermosa...
La quise como a nadie he querido nunca.
Y en unas horas... en su cumpleaños.
Felicidades, Alicia (en el país de las maravillas).

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