Anoche mientras esperaba el autobus a las doce de la noche, con aquel frío y aquel brillo extraño en todas las cosas, en las luces, en la acera, en las casas, en sus tejados, me acompañabas. Parecías no estar pero estabas. Estabas en los pocos coches que pasaron, en aquel perro perdido, en un árbol flaco, en mis tiritones y suspiros, en mis ganas de llegar a casa, en los segundos que pasaban despacio, en todos los pensamientos que nada tenían que ver contigo. Estabas y no estabas, no sabría explicarlo mejor. Estabas como nunca y no estabas como hasta ahora., y eso me hace llorar a gritos en silencio y sin lágrimas o quizás sea como reir con lágrimas pero en sin silencios. Bueno, la cosa es que estabas aunque no estuvieras y mi cabeza no paraba de congelarse. Y el ruido y la esperaba se me metían por las orejas y me congelaban las entrañas. Dolía el frío. Dolía que no estuvieras o que estuvieras... ya no sé. Y todo era como una bofetada que me recordaba todos esos pensamientos que se piensan pero que no se atreven a salir porque sienten que no son las palabras precisas en los momentos adecuados, pensamientos que en realidad sabes no salen porque temen hacerse verdad, una verdad como a medias... Y entonces se me ocurrió que si al menos estuvieras aqui (o no estuvieras) todo sería más fácil, no haría fallta verdades a medias, ni mentiras, ni conversaciones, ni preguntas sin respuesta...
Pero no estabas o estabas y todo era ruido, y brillo, y mucho frío, tan pocos grados fueraodentro...
Qué pena.
Anoche fue una noche preciosa. Y tú no estabas, me voy dando cuenta.

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