Acuérdate como dolía la espina dorsal del tigre.
Surgía el viento de los Andes detrás de todas las cosas que poseía. Se agarraba por dentro y no quería soltarnos; nos llenaba de tierra, de ganas, de cansancio y mal de altura. La hoja de coca no era suficiente, ni el agua o la sombra, solo las carcajadas que nos entraba a veces así porque si.
Me atrevería a decir, que todas las cosas que tocaba ésa sensación de aire y de ganas, seguida del mareo y el ahogo de pulmón, era como el vértigo que provoca el Amor, que casi mata y la tensión duele. Y dolía la espina dorsal del tigre, en aquel atardecer que me tomé para mí, que agarré fuerte para tatuármelo junto al cóndor y a tus puntosdeojos, que se cosió a la punta de mis dedos en aquella casita huarpe donde quise vivir. Dolía aquella tarde de verano, con un dolor parecido al placer que tienen todas las cosas importantes de esta mísera pero maravillosa vida. Dolia, como ahora, con ese dolor agridulce del recuerdo de lo que entonces eran ganas de cosas por vivir y ahora son ganas de vivir de nuevo.

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