Pedaleó hasta la playa sin ver, porque los ojos tenían tormenta. Quiso largarse lejos, quedarse inmóvil y desaparecer. Se sentó en la oscuridad apoyada en la pared de un puesto de socorro, a ver si así se sentía un poco más a salvo. Allí se quedó en silencio unas horas, mirando el cielo, intentando comprender... Hasta que alguien le abrazó mientras tiritaba, y se sentó al lado ofreciéndole té. Estuvieron hablando durante horas. Se contaron la vida, los sueños, los miedos y las aventuras... Desearon vivir ciertas cosas del otro. Vieron las estrellas, las contaron juntos.Y se sonrieron por dentro de verdad.
Entonces, apareció la luna roja de los Mayas en el mar y se prendaron de ella. Contaron todas sus etapas, entre sorbo y sorbo, entre sístole y diástole: roja, naranja, amarilla, blanca... Fueron invadidos por saltamontes nocturnos, y dicidieron volver al campamento. Atravesaron bosques y túneles en silencio; solo hablando con los ojos y siempre manteniendose paralelos. Al final llegaron a la cabaña, donde decidieron unirse a un montón de locos conocidos que les esperaban. Pero igual como pertenecen a otra galaxia, a otro asteroide, estuvieron solos los dos, rodeados de tanto extraño. Así que decidieron dormir, descansar por fin un poco. Sus respiraciones, como sus aspiraciones se van conociendo y reconociendo en cada segundo transcurrido, y forman una banda sonora increible. Y llegó la madrugada con el frío y ella sintió como alguien le tapaba las manos y la cara con su saco. Ya no temblaba y estaba a salvo, sintió la misma sensación que horas atrás en la playa, alguien le había tendido un puente entre sus costillas para que allí se alojara y sintiera calor. Y sintó calor.
El dios sol apareció sin que aún la anciana Luna, blanquecina-transparente ahora, se hubiera ido. Era muy temprano aún pero ella abrió los ojos y encontró algo dentro de si que se correspondía con lo que estaba mirando. Y se sintió feliz*

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