Solo se regalaban tres miradas en esos veinte minutos que transcurrían de lunes a jueves, mientras ella esperaba el autobus rumbo al oeste-costa y él hacia el interior.
La primera ocurría justo al acercarse a la parada; normalmente era ella la que llegaba primero y se preparaba mirando desde el reloj colgado en la pared del centro comercial a la esquina por donde aparecía él minutos después. La segunda, cuando él daba la tercera vuelta, yendo de un lado para el otro de la parada, pensando vetetuasaberqué, con su mochila a cuestas y ésas deportivas de corredor profesional. La tercera justo cuando el autobus se acercaba, o cuando ya en él, el chico se acomodaba y medio sonreía; o cuando por suerte llegaba el autobus de la chica y él la miraba avisándole, señalándole el bus con una sonrisa medio preocupada significando algo así como "por fin hoy no vas a tener que esperar, pareces cansada", y justo cuando ella pasa su tarjeta, se va al final del vehículo sintiéndose observa y con una mirada sin pestañeos le desea buenas noches o buen fin de semana, si es el caso. Porque ella se pone triste los viernes que toma el autobus nocturno, cambiando su ruta... La mejor sonrisa de él es ésa, la última. Ésa sonrisa de mirada, (porque pocas veces los dos hablaban con algo más de su cuerpo o de su rostro; solo los ojos, no hacía falta nada más) que le dedica con unas arruguitas en los ojos parecidas a alas y un permanencia ininterrumpida.
Y así, semanas y semanas y semanas...

1 comentario:
oye tía: que parece letra de una cancioncilla del aute... náh! ...no me interesa.
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