No duelen los fracasos de las propias manos, ni de los pasos innecesarios que acaban dando media vuelta porque no hay camino hacia atrás. No duelen las cicatrices de las heridas de batalla, ésas que se marcan en mi cuerpo tras pelear como loba kamikace con los gigantes de hierro. No duele la soledad o este constante camino en silencio. No duelen los ojos rojos tras dos noche de lágrimas constantes, igual que no duelen las bolsas moradas surcando el espejo. No duele la rutina, ni la desidia, ni el desconsuelo cuando ninguna boca tiene nada que decir a esto que pasa sin saber muy bien cómo. No duele la enemistad, ni las malas lenguas, como tampoco duele el hacer daño por hacer daño. Ya ni siquiera duelen las mentiras, ésas que rompen todo cuanto se ha creado.
Duele... y mucho, la impotencia de ver como un increible bosque lleno de oxígeno, de magia, de inmensidad, de cosas hermosas, se quema a conciencia olvidándose de usar los cortafuegos para salvarlo. Y no se puede hacer nada cuando un mar de llamas lo inunda todo y te quema hasta las pestañas.

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