A kilómetros, como todas las distancias que me separan de lo que quiero, que han ido mermando entre mi posibilidad y mi paciencia a lo largo de todos estos años en los que algo de mí ha ido envejeciendo y al mismo tiempo, naciendo, viviendo y sobretodo creciendo de una manera tan brillante e incapaz de describir, desmenuzar, con éstas palabras... como lo es, la sensación que vive en mí al cerrar los ojos e imaginar esta ilusión que habita en todos los rincones de mis huesos, que cuando mis párpados encuentran oscuridad tras las pestañas, vuelvo imágenes y momentos que no sé si viviré pero que aún así me valen para sonreir. Es maravilloso ver como me siento mejor persona a cada segundo que pasa si alguien como Él (si, como tú*) me mira de ésa forma y me lo dice todo. Y cómo entiendo todo, aunque sea por segundos, aunque los segundos sean eternidad y esa eternidad lo infinito*, cuando mi dolor y mis lágrimas se sienten protegidas como si desde otra boca y otras manos y otra espalda, se sintieran ellas mismas y pudieran rodar tras el centrímetro, tras el kilómetro, tras los pasos que el aire, el cosmos y la vida nos ha puesto delante como una constelación en el espacio con ese halo de brillantina que es como un suspiro, y acabar siendo calor que se evapora como agua que destila mis glandulas lagrimales hasta sus manos que las convierten en nubes... Y puedo verlas más allá de aquel templo blanco que mis lágrimas me impedian mirar por la ventana. Puedo verlas moverse, d e s p a c i o, hasta ese hueco justo en el aire y el tiempo, ése concreto, bailando (d)e s p a c i o hacia la luna menguante.
Si, ahora estás a kilómetros.... pero puedo sentir que no son nada.

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