Los últimos días traen encuentros y sensaciones que, aunque ya vividas en diferentes ciclos, etapas, momentos, resultan nuevas en ilusión, ganas y alegrías.
De repente un viernes de rutina y de horas de trabajo da paso a una búsqueda de caminos en el Mundo y una burbuja construida en segundos de caricias y compartirse con una energía superior, completamente cósmica, estelar. Un viaje a Martes, una nave espacial que acaba siendo barco a la deriva en un mar de nubes y un montón de imágenes no vividas que vienen de algún lugar de más allá de lo entendible. Una amanecer con sus respectivas sensaciones y un dormir a las cinco de la tarde solo por una hora… Para después, convertirse en Campanillas y bailar con Eduardo y sus tijeras, Audrey Heartbud o Marilyn Monroe en un lugar inmensamente vivo, lleno de sintonías y palabras en silencio. Y acabar entiendolo todo con un abrir de ojos en una cama distinta, y tener la suerte de tomar el sol siendo llamas y fuego por dentro. Y ver perderse la senda que separaba el miedo de la agonía y sacarle las cosquillas a la vida mientras por la montaña empieza a perderse el sol. Querer, amar si es que caben las letras, a un ser desconocido pero que de alguna manera te pertenece. Y darnos cuenta, poquito a poco, que todos somos todo y que eso no es simple palabrería.
Acompañar a los seres que te cuidan como nada ni nadie en este planeta* a ver un pantano y acabar riendo a carcajadas limpias mientras miras otras manos y otras bocas y otros cuerpos que alimentan lo que son tus manos y tu boca y tu propio cuerpo…
Agradecer a la vida a manos juntas y pies juntos, a corazón envuelto, a ojos llenos, a silencio y ruido, a carcajadas limpias, que ésos momentos tan simples formen toditas las respiraciones de tus días.
Gracias*

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