(...)
-Pues sí... puede ser ¿no?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Y si ya lo sabes tú todo, ¿para qué me preguntas? ¿Y por qué me has contado todo eso?
- No lo sé...
- Me gustaría quedarme a dormir aquí.
- Quédate.
Y sus ojos brillaron, ralampaguearon de puro placer antes de cerrarse un instante para sonreírse a sí misma hacia dentro, desde detrás de los párpados, y él se asombró de nuevo de lo fácil que le resultaba hacerla feliz, ponerla contenta al menos, y adivinó que en aquel momento, y gracias a un acto de condescendencia tan barato, acababa de trepar un peldaño más, trascendental, en el rígido código amoroso que ella cultivaba con aquella extraña convicción, porque follar es follar, uno puede follar casi con cualquiera, pero quedarse a dormir es otra cosa, y se preguntó en silencio, lo haría todavía muchas veces más, acerca de la escurridiza naturaleza de los lazos que le ligaban a aquella mujer mística que tanto habia cambiado su vida...

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