Entre teteras, crêppes, molletes, infusiones, batidos, granizadas, zumos, daikiris, mojitos, cafés... la vida me muestra un lado amable de la que, sinceramente, no estoy acostumbrada. Momentos de estress que se controlan con unas buenas palabras y un "podemos". Pese a las horas y horas de no parar ni siquiera para beber agua, agradezco por dentro todas las comandas. Soy de ésas raras personas a las que le gusta trabajar y hacer un trabajo bien hecho. Y a diferencia de ésas personas que solo tienen tres cosas en la cabeza: familia, trabajo y dinero; yo salgo de trabajar y salgo de trabajar. Sin más. Ahí me dejo el trabajo. Mi vida sigue... Cuando salgo por esas puertas azules que traspasan otra realidad, me convierto en una superwoman sin disfraz, pero a las 4, 6, 8 o 10 horas correspondientes al horario después, soy aquella a la que el dolor de pies y de espalda no le para para dar un paseo, leer a la luz de una farola mientras espera el autobus, o sonreirle a quién le pregunta cosas absurdas. Porque no creo que el trabajo dignifique, pese a que en mi familia se haya hecho algo así como una bandera de ese nazi eslogan. ¿Cómo te puede dignificar algo que te hace olvidarte de quién eres por unas horas de tan liada como estás; que no te deja de unos segundos para tí, para respirar bien, si quiera? En fin, podría hacer un monólogo de esto pero... para eso ya están otros. Pese a eso, soy feliz y me siento afortunada. Esta vez he tenido suerte porque, aunque no sea el trabajo de mi vida y no vaya a quedarme por mucho tiempo, he encontrado a personas lindas con fuerza, fuego y respeto. Y las chicas de allá dentro... no somos coyotes, somos kinyeteras. Ja.
:)

1 comentario:
Eyyyy me gusta eso de no somos chicas coyotes pero si somos kinyetera.
Yo no creo que el trabajo sea toda tu vida... yo aveces dejo el curro pero otras veces no.
SERA por que es un trato directo con la persona.
Aver cuando me haces un mojitoooo jop
besitos
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