Les dijeron que hicieran la maleta con lo que tuvieran. Que metieran lo más imprescindible.. ¡Como si pudieran elegir! Y no porque ni siquiera las circunstancias daba para pensar detenidamente sino por la escasez que se iba extendiendo más y más por aquella época en las tierras de España.
Les dijeron que corrieran y no se detuvieran, pasara lo que pasara. Que al menos hasta la salida del centro de la ciudad, no dejaran de correr. Aunque no tuvieran fuerzas. Aun sin tener nada más que agua en el estómago desde días atrás.. Correr, éso era lo importante. Huir, lo necesario. Venían las bombas. Mejor dicho, volaban ya las bombas por sus cabezas. Llevaban meses llegando por todas partes, ahora, bajaban desde el cielo en aviones alemanes que no dejaban suspirar siquiera y que mucho menos, iban a dejar que huyeran. Querían exterminar la "lacra social" que ellos gritaban a voces a golpe de mano en pecho y brazo en alto extendido. Y mientras, sus hermanos, sus vecinos de toda la vida, su pueblo, su gente, sus amigos, corrían huyendo de una Málaga en bombardeo contínuo.
A altas horas de la noche, y tras recorrer kilómetros para salir de la capital, llegaron a la carretera de los campos. Allí una riada de gente moribunda, de pies ensangretados, ojos encharcados en miedo y esqueléticos movimientos, caían a cada paso muertos de agotamiento y hambre. Algunos, se lamentaban pero la mayoría, paraban a pocos pasos para descansar su silencio. Ya no quedaban ni fuerzas para gritar "¡ASESINOS!"...
Les dijeron que camino a Almería no serían bombardeados, pero a pesar de eso, una sin fin de barcos les seguía por el mar de Alborán, mandando señales a los aviones que, a sangre fría, se acarcaban cada vez más a la carretera repleta de campos a los lados, sangre en el pavimento y puños apretados en el aire; y dispiraban desde el aire, balas, bombas y proclamas fascistas.
Eran niños, mujeres, ancianos. Embarazadas, campesinos, hermanos. Todos huyendo hacia una mejor vida en la tierra prometida: Almería. Allí estarían en paz. Allí los fascistas que bajaban por los montes de Málaga a raudales, a grito de guerra por una patria inventada; y que bordeaban toda Málaga haciendo imposible la huida, no habían llegado del todo. Allí, podrían empezar de cero lejos de política que no habían entendido nunca y guerras que los masacraba.
La mayoría de ellos solo querían trabajo. Solo pensaba en su tierra, o en la tierra de otro, en labrar. Pensaban en llenar el estómago con algo que no fuera solo aire para engañar la miseria.
Murieron como ratas y sus restos, ni siquiera tuvieron una sepultura digna.
Porque fue un crimen que nadie pagó y que nunca ha salido a grandes aires.
Va por mi abuelo, por mi abuela, por mis antepasados.
Va por los malagueños y por sobretodo, los Andaluces que, desde todos los pueblos de nuestra Tierra, fueron llegando a Málaga, la Anarquista, el último intento de revolución, esperanzados, y acabaron huyendo en la carretera rumbo a Almería, engañados, mutilados...
Sus centenares de muertes nunca caerán en el olvido.
Por hoy y siempre.

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