Recuerdo sus ojos, sus grandes ojos increiblemente profundos. Tenían un velo opaco que demostraba su poca visión y una bolsas arrugadas alrededor. Cuando me miraba, aun preguntandome yo misma si verdaderamente me veía, me hacía estremecer por dentro, incluso ahora recordándole, se me hace un nudo en la garganta dificil de controlar. Estando allí, parados, en mitad de la casi nada, en una ciudad que nos acogió con los brazos abiertos y las sonrisas más blancas, él nos costó su vida. Era el viejo del pueblo, el más sabío, al que todos respetaban y preguntaban sus dudas, pedían permiso para cualquier novedad en sus vidas o querían por ser el único viejo, de entre todos, que sabía leer y escribir. Se llama Djinabo, y era Bassari, por eso tenía tantas perforaciones en las orejas. Tenía dos dientes solo y su sonrisa era magnífica. Estaba sentado en una piedra, con un monton de niños alrededor suyo cuando llegamos. Entonces, hizo gesto de levantarse y un monton de chicos fueron ayudarle, comprendí lo atento que estaban todos hacia él y lo importante que era este gesto por parte de Abbou, de presentarnos el "patriarca" de su poblado. Estaba nerviosa, no sabía cómo reaccionar... Me sentía extraña entre tantos ojos mirándome y sentí por primera vez una "extranjera europea". Yo era la blanca, la mujer blanca. La toouba. Y allí estaba, frente aquel hombre que me estremecía por dentro cuando se paraba a mirarme y agarrada, fuertemente, de las palabras que con cuidado y con sonrisa, iba traduciendo Osseynus, nuestro traductor.
Djinabo nos contó su vida. Nos dijo que nunca había salido del África negra por miedo a no querer volver, porque se decía a si mismo cuando joven, que si salía a España o a Francia, como muchos, no iba a volver. Nos contó que no recuerda lo que significa no tener miedo, que cuando bien pequeñito le llevaron a la guerra y le cortaron los dedos los enemigos. Explicó sus batallas perdidas y las grandezas de sus sueños cumplidos. Nos presentó a sus hijos, a sus nietos, a sus biznietos y a sus amigos. Nos habló de la muerte de su mujer como quien habla de su propia muerte y llevándonos a su tumba, una cruz pintada de azul, nos contó su hermosa historia de amor. Ella, maltratada por su padre, fue "raptada" por él a conciencia de ambos. Se amaban por encima de las tribus y las guerras, y se casaron en secreto, llegando a Kaolack para tener hijos. Allí, vieron como perdieron todo en un inciendio y tuvieron que buscarse la vida en otro sitio. Pero lo contaba del tal forma que parecía todo tan gratificante, tan normal, tan... no sé, no podría explicarlo, tendría que reproducir sus palabras, sus sonrisas, aquellas carcajadas sin ton ni son que nos regalaba unas caricias de sentimientos. Nos contó como desde el día que ella murió, él habla con el cielo porque desde entonces ve una estrella diferente, la que más brilla, en ese manto celeste-rojizo que nos cubría.... Luego nos invitó a comer unos dátiles, era Ramadán y no podíamos comer mucho. Pero a la caída del sol, las mujeres preparon una fiesta por todo lo alto, había plátanos (que no pudimos probar hasta tomar el primer bocado después del ayuno, un café solo y sin azúcar y un un dátil) y el plato típico senegales que lleva arroz, pescado y carne; un verdadero lujo. Había mangos, sabrosos y ricos mangos que son el sabor que me llevo de aquel hermoso viaje a África. Y sobretodo había bailes, música, arte a cada centímetro. Y estaba él, contándonos sus batallas de joven, sus múltiples intentos, sus enormes ganas y siendo el primero en querer vivir cada segundo; agradeciendonos ser las primeras españolas que conocía.
Con sus ochenta años me ganó mi corazón de veinte y me hizo un regalo en el espíritu que jamás olvidaré. Siempre recordaré aquella historia, aquellas manos que agarraban fuerte la mia cuando yo intentaba hablarle en uolof, aquella risa, aquella hermosa carcajada... Pero sobre todo sus ojos, sus hermosos ojos profundos.
Nos despidieron con el alba, antes del rezo. Al subirme en el coche, y bajar la ventanilla para saludar con la mano a aquellas hermosas mujeres, ví una estrella bien arriba, la única que quedaba de la noche, y supe... supe que era ella, que nos saludaba y nos daba las gracias por haberle hecho feliz...
Él si que me hizo verdaderamente feliz.