Se queda mirándole y no sabe qué decir porque quiere decir tantas cosas y no puede... No sabe. "Ya no me quedan palabras para decirle", piensa. Y una a una se las traga todas conforme las busca, y las busca y las encuentra porque tiene que ponerle nombre a todo eso, porque sino la situación le supera y se le atragantan las lágrimas; lágrimas que no sabe ya ni a que saben o de que son, ni siquiera de donde provienen... Y qué de palabras le vienen, allí arribita, justo en frente de los ojos. Y no quiere decirlas porque ve en el otros ojos, los que tiene delante, aunque quizás estén a años luz de ella, en ellos ve, si, su propio miedo, y entonces todo es una espiral de contradicciones perversas, de silencios coléricos. Con lo fácil que sería decir todo... Decir, por ejemplo, que le quiere como nunca ha querido a nadie. Que pasase lo que pasase, él siempre iba con ella. Que él está en todas partes desde que se levanta hasta que se acuesta. Que duda que en la vida vaya a encontrar a nadie con el que sueñe tantas cosas, con lo que imagine tantas cosas, con el quiera tantas cosas. Con lo fácil que sería decirle, gritarle, que desea por encima de todo, lejos de sus planes y de sus imágenes a futuro, estar con él, aunque haya fuego entre los dos que les quemen las orejas y les haga gritar los ojos; aunque tenga sus propios sueños, decirle, que los rompería si hiciera falta para quedarse con los suyos y vivirlos juntos. Que desea, por encima de todo su felicidad y que por eso se calla... aunque eso signifique su propia muerte, la contradicción de la contradicción. Y dios, aunque quiera decirle que pasaría todos y cada uno de los segundos de su vida con él, pasase lo que pasase, e hicieran lo que hicieran, aunque todo estuviera incierto y hubiera peleas y más peleas...
Y todo esto y más y más y más... hasta el infinito, no lo dice. Y no lo dice porque...
Ay, porque a veces uno, tiene que callarse las cosas.
(...)

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