Me gustaría recibir una carta. Una carta larga y extendida de alguien de algún lugar de la galaxia. Sentir las palabras de alguien sin conocerle; saber sus problemas, sus preocupaciones y sonreir con sus anhelos y experiencias. La leería en estas horas en el que todo el mundo intenta conciliar un sueño que otros tendrán ya de cerca. Leerla en estas horas en las que siempre me enciendo un cigarrillo y me pongo a conversar con la luna que se rie de mi. Leerla y beberbe a sorbitos de cada frase, cada palabra y no pararme en los puntos, porque estoy cansada de las imposiciones... Y hablando de leer, hoy he estado leyendo conversaciones antiguas. He descubierto que este ordenador guarda las que quiere, sin que nadie le haya dado esa orden; así que me he puesto a mirarlas y es curioso la cantidad de bobadas que se contaban en ellas. En otras no, de otras... mejor no hablo, porque dicen tanto que me dan hipo o taquicardia y me pongo triste o pavota.
Nostalgia. En realidad siento ese tipo de anhelo.... Siento nostalgia esta noche de la soñadora de antes que era ilusionista, nietzscheana e ingenua. En las palabras que leo en aquellos largos monólogos que escribí, puedo ver que he cambiado (y es normal) en los tres años que se guardaban en esas conversaciones... Tanto, que siento nostalgia y un poco me duele que haya perdido la frescura y la visión de aquellos tiempos. Ahora he ganado en pasión y en utopías hechas, en vivencias, en experiencias, en viajes... pero es inevitable pensar que antes, con esa ingenuidad de chiquilla, era mucho más feliz. Es hermoso y triste, agridulce, saberse en otras palabras que ya forman un antes y mirarse ahora y verse con toneladas de segundos en tus espaldas...
En fin, tendré la sensación de la culpable inteligencia que da la vida, los años, la experiencia (que diría uno); y qué vida, ¿no? menuda vida.

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