Como si fuera una de esas boas que salen de cualquier cesta de mimbre o uno de esos roedores que siguen a ese personaje de los hermanos Grimm por cualquier calle de Alemanía, he buscado con la mirada durante mucho tiempo uno a uno los balcones que dan a la calle del colegio, frente donde vivo. Cuando ya desistía en el encuentro de ese ser que crea tal melodía que pudiera parecer sacada de cualquier cuento... veo como a media oscuras, un hombre (del que no sabría distinguir si mayor o joven) mueve la cabeza al compás de una hermosa flauta negra. Casi me emociono al ir contando los pisos que suben, desde el suelo, hacia el suyo en concreto. El quinto, el mio es el séptimo. Estamos en diagonal, a un portal, una esquina, una cafetería y otro portal más. Calculando bien el suyo está en la misma vertiente del abecedario que el mio, por lo tanto, es el quinto B.
Pronto encontrará unas gracias en su buzón...
Cosas como estas hacen que las horas del sol donde más calienta se pasen con una sonrisa...

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