Cuando le vió por primera vez, sintió una especie de compañía por dentro; era como sentir que aquellos ojos ya le habían mirado alguna vez, como cuando ves una foto y sientes que ya la habías visto antes o que esa cara te es familiar... pero más por dentro, más a nivel interno, alojado en algún lugar de vetetúasaberdónde pero que sientes que viene de más allá de las costillas y los pulmones.
Le sonreía. Recuerda que cuando le vió por primera vez, no hacía más que regalarle sonrisas y él las recibía, y la miraba, tan serio, con aquellos ojos como en llamas, concentrado en las notas que volaban, de alguna forma, desde sus manos hacia las manos de ella, escribiendo un halo invisible que, imaginando, ella creía que solo ambos veían(sentían).
Cuando la melodía y las canciones dejaron de sonar, los músicos bajaron. Él al pasar, no la miró, pero en cambio le rozó... hizo el amogo de agarrarle la mano. Entonces fué cuando ella comprendió todo y siguió su rastro; fue hacia la barra, pidió una cerveza (que el camarero, extrañado, repitió "una, solo UNA cerveza"), dejó pasar unos segundos y justo cuando él se colocó detrás, se dió la vuelta y tropezó:
-¿has escuchado todo lo que dije?
- No, he sentido lo que me has dicho...
Sonrió.... Bueno, sonrieron.
Y por un segundo se escuchó un estruendo. Algo había cambiado en el interior de ella. Exactamente, ella misma, no sabía qué (y aún no lo logra comprender) pero sintió, en ese instante, en ese solo segundo, que algo había cambiado. Que su vida había cambiado en ese momento.
Se acercó a él. Entonces, éste movió las manos, tanto, que estuvo tan cerca como para tocar, de nuevo, las de aquella chica de manos depredadoras... Y erizó su melena (la alocada melena que se desprende de vez en cuando por sus ojos de llamas) con la yema de los dedos, mientras ella se alejaba y a cada paso sentía, en su propia piel, en su propias yemas, todo lo que aquel increible músico hacía con las suyas, mientras su boca le regalaba, de espaldas, una sonrisa infinita.
Después estuvieron compartiendo bebida sin casi hablar, sin a penas decirse palabra, entre un grupo de desconocidos que entre algunos, se conocían. Mirándose, conociendose, recorriendose...
Hasta que llegó la hora de marcharse.
Le deseó, desde lejos suerte y ella se fue a otra ciudad.
A la vuelta, por casualidad, se encontraron. No hablaron, solo se miraron. Un amigo habló mientras... Entonces, él comprendió, de alguna forma, que aquella obsesión que tenía desde que la vió por primera vez, tenía que ver con el amor que había sentido desde hace mucho tiempo, de mucho atrás, de antes de todo... Y fue el principio. El desde el principio.
El comienzo de el "desde hasta siempre".
Pronto volverán a verse.
Y volveran a hacer el amor, el amor depredador, el de los gatos que se arañan y estremecen en aquella cama japonesa de sábanas negras, mientras suena jazz y la habitación, que está en el salon y a su vez en la cocina, huele a incieso de sándalo y a romero.
Y él, mientras ella duerme, volverá a mirarla como hacía tiempo nadie la miraba...

1 comentario:
"Entonces, él comprendió, de alguna forma, que aquella obsesión que tenía desde que la vió por primera vez, tenía que ver con el amor que había sentido desde hace mucho tiempo, de mucho atrás, de antes de todo..."
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
con el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.
Volviste, ¿eh? Me alegro mucho de volver a encontrarte. Todo lo tuyo tiene un sabor inconfundible, mágico.
Enfin, espero verte pronto.
Un beso.
-Ed-
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